Editorial de The Clinic: El llanto de Lagos

No es que crea que Lagos sea un santo (los santos en política pueden resultar macabros), ni siquiera me sorprenden especialmente su inteligencia y su cultura, no lo admiro ni me causa la reverencia que genera en sus incondicionales, lo sé orgulloso y hace no mucho me tocó padecer una de sus rabietas mandonas, de esas que llevan a preguntarse “¿quién se cree este caballero que me habla así?” sólo porque había leído uno de estos editoriales que decía cosas que no le gustaban. Entonces me dije: “este compadre se está pasando de rosca, está como inspector de colegio”. Pero yo no creo que Lagos sea una mierda ni que haya traicionado nada. Antes de su presidencia, Chile todavía parecía una parroquia milica, y podrán decir lo que quieran, pero al final de su mandato este país era mucho mejor que cuando lo comenzó.

Días atrás, Lagos lloró en cámara. Nicolás Copano le preguntó cómo le gustaría ser recordado por sus nietos, y el ex presidente respondió: “como un buen abuelo”. Entonces le tembló la papada y los ojos se le llenaron de lágrimas. En medio de la conmoción, agregó que esta nueva candidatura presidencial había tenido altos costos para su familia. Cuando dijo “como un buen abuelo” yo creí escuchar “como un hombre bueno”. Y lo entendí. No es que crea que Lagos sea un santo (los santos en política pueden resultar macabros), ni siquiera me sorprenden especialmente su inteligencia y su cultura, no lo admiro ni me causa la reverencia que genera en sus incondicionales, lo sé orgulloso y hace no mucho me tocó padecer una de sus rabietas mandonas, de esas que llevan a preguntarse “¿quién se cree este caballero que me habla así?” sólo porque había leído uno de estos editoriales que decía cosas que no le gustaban. Entonces me dije: “este compadre se está pasando de rosca, está como inspector de colegio”. Pero yo no creo que Lagos sea una mierda ni que haya traicionado nada. Antes de su presidencia, Chile todavía parecía una parroquia milica, y podrán decir lo que quieran, pero al final de su mandato este país era mucho mejor que cuando lo comenzó. Es casi todo lo que puede pedírsele a un presidente, si uno no espera que un gobierno traiga la redención de la especie. De otra parte, no pertenece a la izquierda revolucionaria sino que es un radical republicano ligeramente izquierdizado para la UP y devenido socialista a la europea durante los 80, nada que ver con Fidel Castro, nada que ver con guerrillas y paraísos en la tierra donde todos vivamos como hermanos, nada que ver con utopías fantásticas. Yo hubiera preferido que a estas alturas fuera otro el candidato, no porque lo considere un sinvergüenza ni nada parecido, sino porque cuando no entran los aires epocales el ambiente se pudre, y aquí ha entrado poco y a duras penas, y en torno suyo siguen pegoteándose los mismos políticos que ven en él un último soplo de vida. Pero ahora resulta que la moda es odiar, nunca ironizar, jamás cagarse de la risa, de manera que si alguien no está de acuerdo con uno es una mierda. Dignifica más humillar al prójimo que superar sus argumentos. Típica y misteriosa enfermedad de la izquierda: creer que mientras más de izquierda, mejor. Que mientras menos matizado, más consecuente. Y es cierto que si la injusticia no indigna permanece, pero no es la indignación su solución. El pecado del conservadurismo es la indolencia y la soberbia es el pecado de los que aspiran a ser vanguardia. A mí me dio pena ver a Lagos llorando. Si fingió, me engañó, pero apostaría que no fue así. O mienten o se equivocan quienes pretenden convertirlo en demonio para llenar su vacío. ¿O es que no se han dado cuenta que sus peores enemigos todavía no tienen candidato? Yo le veo los ojos caídos como a un gato, y entiendo su dolor: no ha hecho nada para ser recordado como un mal hombre. Quienes apelen a eso para vencerlo, no son mejores que él. Y ese es el único reto válido para quien pretenda sustituir su lugar en la causa progresista.

 

Publicado en The Clinic el 17 de noviembre de 2016